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Homenageado(s)

 

ERNESTO AROZTEGUI
1930 – 1994

Testimonio
Primer boceto para el retrato de un artista

La personalidad y la obra de Ernesto Aroztegui significaron - significan- en el arte uruguayo un momento de particularisimo interés, un momento dc culminación y augurio de adultez y de encuentro para este arte nacional de una de sus vias de mayor originalidad, de creatividad más escalpelante y de más seria elaboración.

Nacido en Melo, (Dpto de Cerro Largo), Aroztegui viene precozmente a estudiar a Montevideo y es aquí donde puede apreciarse la diversificación de su vocación: se recibe de profesor de Dibujo en el “Instituto Artigas de Profesores”, ámbito de máximo nivel para impartir la enseñanza y el aprestamiento docente en Uruguay, casi concomitantemente se vincula al teatro independiente que por entonces consituia lo más selecto de la producción de espéctaculos teatrales en Montevideo.

Inmediatamente se destaca alli por su estampa cuya versatilidad corre pareja con su vis cómica, cuando ésta se le exigia. En “El Galpón” teatro al que dió lo más importante de su vocación actoral aprendió, como era corriente en todas las empresas vocacionales e independientes, a “hacer de todo”: desde actuar a pintar telones o ejercer de boletero o acomodador. Por entonces la personalidad de E. Aroztegui exultaba entusiasmo v juventud. También jovencísimo y paralelamente a éstas ocupaciones comenzó a interesarse por el tejido y trabajó con fibras.

De manera casi “vobinsoniana” fue descubriendo solo las posibilidades de lo que él mismo más tarde sabría que es “tapiz” o “tapiceria”. En principio tenemos pues su papel fundacional en la segunda mitad del siglo XX y en un país absolutamente sin tradición textil, fuera por lo original de su intento, fuera por el intrínsico valor de lo que hacia, alcanzó inmediatamente notoriedad. De tejer fibras vegetales pasó a descobrir el telar de alto liso, de las elaboraciones casi “guturales” de un textilismo todavia en pañales, arriba a los refinamientos dei gobelino y otras técnicas que se someten al uso necesario del telar. Todo ésto siempre sin abandonar el temperamento de investigador que va tras formulaciones nuevas tanto morfológicas como texturales. La permanencia en Aroztegui del espíritu investigacional marcó la singularidad que lo lleva a nunca cejar, a pesquisar siempre tras las posibilidades que pudieran yacer inanes en los materiales.

Mucho es el bagaje con que cuenta: un sentido infalible del uso expresivo del color, una imaginación para inspirarse durante tantos años en las manchas de humedad de las paredes y ver alli historias que transladaba a sus obras, recuerdo el del “O bispo Mestizo”, alusión a monseñor Arnulfo Romero asesinado mientras celebraba misa. Vienen luego otros retratos, bueno es recordar que entre ellos, Aroztegui creé un “Virrey” pleno de sarcasmo y ironía, donde se sale del plano cuadrangular para invadir el espacio asumiendo toques de franco y deleitable neo-kitsch.

La obra tejida de Aroztegui es sin duda de singular importancia pero también lo es la de carácter experimental, como aquella “Políptico¬político”donde el meollo del interés era el pasaje de la obra de arte por diversos estadios hasta alcanzar la absoluta degradación del “bric a brac”.

Quemando etapas llegamos a los grandes retratos tejidos y aquellos realizados tejiéndo tiras del papel de un dibujo previamente ejecutado, retratos monocromos y signados por el dibujo desfasado; la anamosfisis dió a Aroztegui otro instrumento para investigar la interioridad de Sábato, Germán Cabrera, etc. Esta mundo iconográfico tejido pone su obra a consideración de la XLII Bienal de Venecia de 1986. La anamorfisis posibilita a Aroztegui el juego donde puede destacar lo que él considera más relevante dcl modelo. Hay otros tejidos donde se ve la pujanza y el arrojo del artista por disputar a la fotografia y la pintura terrenos que le han pertenecido secularmente y convertirse en el primer “textilista” (palabra de su invención) que realiza verdaderos retratos.

La obra de Aroztegui es múltiple, amplia, tal como su personalidad proteica, tal como su inteligencia aguda e infatigable. Quiero ahora destacar algo de lo cual solamente cada uno de quienes lo conocieron puede hablar: la personalidad del artista, la entrañabilisima personalidad de aquel por quién desde 1970 siento un vínculo de filiabilidad (yo le llamaba “padre”. el me decía “hijo”) que me obligará siempre a hacer más y mejor las cosas.

Luego, ya casi al final de su carrera, accede a la enseñanza universitaria en la Escuela Nacional de Bellas Artes. Alli impone no el pistonudo título de “maestro” si no que obliga a sus alumnos a que lo llamen “el viejo” o “padre” porque bien sabia Ernesto que en el acto docente lo primero es la creación de un vínculo no de respeto sino de obligatoriedad afectiva que avale y permita la siriceridad y franqueza limpida como la que se espera de un padre hospitalario. Estoy seguro que el pilar fundamental de su prédica docente fue el amor, el amor por el arte, el amor por sus semejantes, el amor así en abstracto (si es que puede existir) y -en fin- el amor por la docencia que no era sino el amor por el tapiz, por el textilismo que el re-descubrió y ya ha dado artistas de relevancia como los que integran ésta exposición. También mi homenaje es un acto de amor que ha servido para más justamente valorar lo hecho por el artista.


ROBERTO DE ESPADA